Los costes de la estiba y lo caros o baratos que resultan los puertos españoles suele ser un tema recurrente que sale a la superficie de la actualidad informativa en función de los vaivenes de la marea. Lo que cobra o deja de cobrar el de al lado es un tema que, poco o mucho, siempre da para cotilleos, para crear mala sangre, para rajar del vecino o para envidiarle sana o insanamente, según quién sea el agraciado

Hace pocos días, en este mismo Diario(*) nuestros lectores podían leer una entrevista al presidente del ente público Puertos del Estado, Fernando González Laxe, en el que éste aseguraba que él no era quien para cuestionar lo que gana un trabajador portuario.

Ha llegado a mis oídos que esta afirmación ha levantando ampollas a más de uno. Pero, qué razón tiene González Laxe, al menos a mi modo de ver. Y lo digo porque el colectivo de la estiba se ha ganado a pulso lo que tiene y la situación de la que goza ahora. Recordemos que hace no tantos años nadie quería ser estibador en un puerto. Era un trabajo mal mirado y mal pagado, que dejaba secuelas físicas y que se hacía en condiciones durísimas. De ahí, este colectivo logró llegar hasta donde está hoy. Pero que hayan mejorado sus condiciones laborales y que tengan un sueldo a final de mes más que decente no quiere decir que este trabajo esté sobrevalorado, así sin más.

Entre otras cosas, eso sería menospreciar la inteligencia y capacidad de las empresas estibadoras españolas, que son quienes negocian los convenios colectivos con los estibadores.

Y tampoco vale poner de ejemplo lo que cobra un estibador de cualquier país del norte de África. Porque, señores míos, tengamos en cuenta una cosa: esto no es África, esto es Europa. Un piso en Barcelona no cuesta lo mismo que un piso en Tánger, Argel o Skikda. Y los precios tampoco son los mismos en un supermercado de Valencia que en uno de Casablanca, La Goulette o Túnez. Obviamente, el nivel de vida no es el mismo al norte del Mediterráneo que al sur.

Además, cuando se analizan costes a un lado y otro del Mare Nostrum, la diferencia de lo que vale un contenedor tampoco es para tirar cohetes. O sea, que sí, que un contenedor es más barato en Tánger que en Barcelona o en Valencia, pero tampoco mucho más.

Siendo algo malintencionados, podríamos llegar a pensar entonces que aunque aquí los sueldos de la estiba se redujeran a la mitad, el precio del contenedor probablemente no caería en la misma proporción. Seguramente porque los márgenes de lo que ganan otros eslabones de la cadena también se ampliaría.

Y seguramente también porque, además de tener en cuenta los sueldos, hay que añadir las condiciones de trabajo que, por suerte, la legislación fija en Europa. No digo que en África el trabajo en los puertos no sea seguro. No es mi intención entrar aquí en esas arenas movedizas. Pero les diría casi con el 100% de probabilidades de acertar que son más seguros los puertos españoles (y otros de Europa). Y eso, señores míos, también se paga.

En un país de mileuristas, todos deberíamos luchar por cobrar más, en vez de criticar y mirar con envidia, insana en muchos casos, a aquel que ha logrado defender un sueldo digno.